Con el fallecimiento de Jürgen Habermas a los 96 años el pasado mes de marzo, no solo Alemania perdió “un faro en un mar embravecido”, como sentenció el canciller Friedrich Merz. También Europa. Porque, como comentó El Mundo a raíz de su muerte, entraba al trapo siempre y en todas partes del planeta cada vez que se ponían en duda las virtudes de una Europa más unida.
Nacido en 1929, su juventud estuvo marcada por los horrores del fascismo y de la Segunda Guerra Mundial. Su padre fue miembro del partido nazi; él mismo, líder de una sección de las Juventudes Hitlerianas, Das Deutsche Jungvolk. Estudió filosofía, historia, psicología, literatura alemana y economía en Gotinga, Zúrich y Bonn. De 1956 a 1959 fue asistente de Theodor Adorno en el Instituto de Investigación Social de la Universidad de Fráncfort; entre 1964 y 1971, catedrático de la Universidad, convirtiéndose en protagonista de la segunda generación de la Escuela de la Teoría Crítica; de 1971 a 1983, director del Instituto Max Planck para la “Investigación de las condiciones de vida del mundo técnico-científico”. En 1983 regresó a Fráncfort, sentando cátedra hasta su jubilación en 1994.
Sus orígenes marxistas se fueron moderando con el tiempo hacia posiciones más bien social-liberales. Mantuvo hasta el final de sus días su crítica a un capitalismo y un avance tecnológico descontrolados, además de su defensa a ultranza de una Unión Europea capaz de resolver los desafíos globales, definiéndola como un modelo pionero de democracia supranacional y solidaria. Aplaudió a líderes como Angela Merkel y Emmanuel Macron cuando propusieron reformas para mejorar la gobernanza europea. Reafirmó en numerosas ocasiones su apuesta por una Alemania firmemente integrada en la Unión Europea. Cuando recibió el Premio Príncipe de Asturias en 2003, advirtió que el proyecto europeo podría ser derribado por egoísmos nacionales. Adelantándose así al antieuropeísmo de los partidos de extrema derecha que hoy está más en alza que nunca.
El intelectual alemán Jürgen Habermas defendió con brillo hasta su muerte la idea de una Europa más unida. Ha encontrado sucesor: es —ironías del destino— un inglés, Timothy Garton Ash.
Ya en su obra “La constitución de Europa”, de 2011, criticó la reacción europea a la crisis financiera mundial de 2008. “La imposición de políticas de austeridad repite el error estratégico de apostar ante todo por la estabilidad fiscal… Hoy día Europa parece estar atrapada en el dilema de la simultánea necesidad e imposibilidad de una profundización democrática de sus instituciones”. Y se preguntó: “¿Qué habla en contra de la viabilidad de un camino alternativo que conduciría a la creación de una democracia transnacional en el núcleo de una Unión Europea que se mueve a dos velocidades?”.
Sabía que la respuesta no sería fácil: por “la resistencia de mayorías euroescépticas entre los electores de casi todos los Estados miembros”, ya en esos años; por la falta de voluntad política a nivel nacional para ceder competencias a Bruselas; por las tendencias nacionalistas crecientes; por los problemas de armonización entre economías con diferentes niveles de desarrollo y culturas; y por la falta de definición de lo que quiere ser la Unión Europea: “A lo largo de décadas, las élites políticas en buena medida dejaron sin definir la finalidad de la unificación europea. Las naciones implicadas afrontaron ese proyecto con una indiferencia más o menos benevolente: asegurar la paz en un continente salpicado de sangre era para ellas razón suficiente para la unificación”. Sin adoptar una perspectiva a largo plazo.
En esos años, Habermas todavía creía posible la puesta en marcha de:
– Una Europa nuclear que fomentara el proceso de unión política, económica y social con más energía; que permaneciera abierta a otros Estados miembros que quisieran unirse a ella más tarde (siguiendo el ejemplo del euro); y que rompiera el sistema de partidos políticos e instituciones nacionales, creando en este espacio compuesto por varios países una gobernanza y una sociedad civil supranacionales.
– Una constitución que permitiese avanzar hacia los Estados Unidos de Europa, avalada por un referéndum.
– Un esfuerzo educacional —en forma de una asignatura obligatoria común— que pusiera en valor la historia compartida de conflictos y reconciliaciones y ayudara a construir una cultura política común.
Luchó por la idea de una Europa a varias velocidades en libros, discursos, debates, así como en entrevistas y artículos en medios de comunicación, hasta el final de sus días. Con esa voz peculiar suya, ese sentido del humor y esa capacidad dialéctica que le caracterizaban. Con humildad, buenos modales y la convicción de que a la larga tendría razón quien tuviera mejores argumentos, y no el más fuerte; una forma de andar por la vida que desafortunadamente no está en boga. Hasta que al final de su vida se resignó a que una mayor integración política, al menos en un núcleo duro de la Unión Europea, es improbable en los tiempos que corren.
Como líder de los intelectuales europeístas le ha sustituido, en mi opinión, un inglés al que le acaban de conceder el Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales, 23 años después de Habermas. Timothy Garton Ash, de 70 años, es profesor de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford. Sostenía hace poco en “El País” que los principales problemas de la democracia liberal son “la desigualdad extrema de nuestras sociedades; la destrucción de la esfera pública de debate (un término muy habermasiano) por culpa de los gigantes tecnológicos estadounidenses; la crisis financiera de 2008, cuyas consecuencias siguen vivas; o el hecho de que muchos jóvenes europeos no encuentran una vivienda accesible… Otros problemas son externos: el ataque militar de Rusia a Ucrania, el ataque político de los Estados Unidos de América y el económico de China”.
Comparte en parte el pesimismo de Habermas sobre el estado actual de la Unión Europea, implorando que Bruselas ponga en marcha “las recomendaciones del informe de Mario Draghi para revitalizar la economía europea”. No obstante, sigue en la brecha con propuestas concretas y bien argumentadas para sobreponerse a los muchos problemas, no solo en Europa, también en el mundo, como hacía Habermas. Sirva el titular de su último artículo publicado en “El País” el 26 de mayo como ejemplo: “Cómo derrotar a Vladimir Putin”. Y es lo suficientemente joven para no perder la fe en que la “salvación de la democracia liberal depende sobre todo de los europeos”. Citando al primer ministro canadiense Mark Carney, quien “dijo el otro día que el orden liberal empieza en Europa”.
En dos, cinco, diez o quizás veinticinco años sabremos si las ideas y convicciones de Jürgen Habermas, ahora defendidas con brillo por Timothy Garton Ash, han calado finalmente en Europa o se han quedado en un sueño intelectual bienintencionado, pero inútil; en definitiva, en una utopía. @mundiario